El Mecanismo (Astiberri) es una obra especial en muchos sentidos que no dejará indiferente a nadie.

Portada de El Mecanismo

Gabi Beltrán es un escritor que ha mostrado en otras ocasiones que le interesan los trabajos contenidos y realistas. Huye de estrategias rocambolescas y efectictas para atraer la atención del lector. Además, parece que encuentra elementos profundos y con un significado muy marcado, en cualquier pequeño detalle de la realidad. En Historias del barrio (Astiberri) ya nos mostró como las pequeñas historias cotidianas podían contener hondura. De hecho, este autor es uno de los que mejor transita por el uso del silencio como herramienta narrativa.

En El Mecanismo lo vuelve a hacer. A través de una historia literaria, con cierto aliento enigmático y metafísico, nos introduce en el pensamiento de un escrito. Beltrán comienza jugando con el lector. Le muestra como la realidad es aparente y cambiante. Al fin y al cabo, toda ella no es otra cosa más que un constructo colectivo. Pues bien, usando estos mimbres articula un misterio que, paulatinamente y sin ningún tipo de estridencias, se va a ir resolviendo.

Esta solución también se encamina a mostrar una posible interpretación de lo que tenemos a nuestro alrededor. Me explico. Hemos indicado que la realidad es cambiante. Ahora, ¿existe algo a lo que aferrarse en esta dinámica de construcción y deconstrucción permanente? Beltrán aporta una solución a través de uno de los principales personajes de la obra: Lo real. Si existe esto que acabamos de denominar como lo real, entonces es posible llegar a comprender cuál es el mecanismo de todo lo que tenemos a nuestro alrededor. A su vez, si logramos comprender estos elementos que articular a lo real, podremos también entrever algo de nuestro futuro.

Estamos, por lo tanto, ante una obra profunda, enormemente profunda. Pero es posible hacer una lectura sin elementos filosóficos y metafísicos. Al fin y al cabo, estamos ante una obra de misterio, repleta de elementos literarios, y en la que se nos presenta a unos personajes enigmáticos que logran desconcertar.

La narración escrita de Beltrán, como ya hemos dicho antes, necesita de los silencios. Por ello, la narración visual es tal relevante en las obras de este guionista. Por ello, sin la capacidad de transmisión de un artista como Ángel Trigo, hubiera sido complicado que el resultado final fuese tan bueno. Trigo, desde un proceso sencillo y un tanto tosco, logra imbuir al lector de esa confusión y misterio de la obra. A través de viñetas sencillas, cuando se muestran los rostros, logra transmitir las emociones de los personajes. A su vez, cuando necesita mostrar los paisajes utiliza un buen número de detalles y, aquí, su tosquedad desaparece. Por otro lado, juega magistralmente con los colores otorgándole a su narración una intensidad marcada y profunda, haciendo las viñetas hablen por sí mismas.

En definitiva, estamos ante una obra especial, de gran calidad y con una sobriedad, en sus narrativas, de apabulla.

Por Juan R. Coca